Al saber que tendría que viajar a aquella ciudad sólo pensó en algo: ella. Ya varios años habían pasado desde la última vez que la había visto, y el tiempo había diluido un poco el efecto de su mirada. Miles de kilómetros ayudaron a hacerla mas distante aún, pero nunca se había desvanecido por completo. Por efímero que hubiese sido todo entre ambos, fue algo intenso y sincero, por más que haya sucedido en un momento en el que él no estaba preparado para lo que ella ofrecía, o al menos así lo repetía en su cabeza.
Durante el vuelo cerró los ojos y trajo a su presente los recuerdos de los momentos especiales que habían compartido. En un mundo de sordidez y banalidad, ella fue viento fresco que alivió el sopor de su mente con sencillez y naturalidad, un sopor que volvería para arruinarlo todo aquel entonces, pero que fue incapaz de borrar la huella que sus encuentros habían dejado en él.
Quizá fue la remota posibilidad de un encuentro, la nostalgia de su recuerdo o el aire romántico de la ciudad lo que le dio, a ese ser lleno de dudas, un aplomo inédito. Y aunque sabía que ese valor podía desvanecerse en cualquier momento, y pese a los años transcurridos desde su última conversación, decidió escribirle y hacerle saber que estaba en la ciudad. Una tarea sencilla que, sin embargo, se tornó pesada bajo el peso de la incertidumbre.
La respuesta tardó milenios en llegar a su mente ansiosa, aunque en realidad solo pasaron unos minutos entre el envío del mensaje desde sus manos temblorosas y la respuesta de ella, tan simple como cálida, tan suya como siempre. Entonces el peso cayó, y de nuevo esa frescura suya, aún lejana e incierta, irrumpió con fuerza para hacerle seguir un camino del cual no habría retorno, el de traerla de vuelta a su vida. No buscaba pretensiones ni anhelos imposibles; bastaba con tenerla, de alguna forma, presente. Porque más allá de lo que había sucedido entre ambos —y de lo que pudo haber sido y no fue—, ella era una persona hermosa, alguien con quien había resonado profundamente, alguien a quien cualquiera querría cerca.
Superado el saludo inicial —hazaña titánica para quien sobrepiensa—, la conversación fluyó como si apenas hubiesen pasado unos días desde la última vez. Pero esta vez él no quería dejar nada al aire: quería verla, o al menos dejar claro su deseo. Sabía, sin embargo, que para bailar el tango hacen falta dos, y la vida es compleja para todos. Pero antes de que él se atreviera a proponer un café, ella lo sugirió. Su sorpresa fue mayúscula al descubrir que estaban a solo unas cuadras de distancia.
Acordado el sitio y la hora, esta vez la ansiedad vino acompañada de la melancolía muy propia del frío de una tarde noche de noviembre en esa ciudad que encendía poco a poco sus faroles amarillentos, cuyos reflejos danzaban en los charcos de la lluvia reciente, tiñendo el paisaje de un aire impresionista, o al menos así le pareció a él.
Sumido en esos pensamientos, sentado en una mesa del café, fue sorprendido por una figura conocida envuelta en un perfume que reconoció al instante. Con ella llegó también el recuerdo de un beso, de dos, de tres… porque en un instante todo regresó: no solo los recuerdos, sino también las sensaciones. Pero lejos de abrumarlo, le dibujaron una sonrisa que no lo abandonaría en toda la velada.
Se dieron un abrazo cargado de anhelos acumulados, se miraron a los ojos y ambos sonrieron con una felicidad genuina. Como si estuviesen retomando una conversación que dejaron a medias, pronto se encontraban hablando absortos el uno en el otro en medio del bullicio de todos aquellos que le acompañaban en un café abarrotado de gente cobijandose de la lluvia que ahora caía copiosa afuera.
Hablaron de sus vidas con la ligereza de lo protocolar, y pronto, como antaño, derivaron en charlas sobre cine, comida, música y aquellos intereses que los habían acercado años atrás, ahora más maduros, más profundos. Él desviaba la mirada de sus ojos solo para observar sus labios, los cuales no podía evitar mirar, y ella sonreía cuando lo sorprendía viéndolos. Él decidió creer que aquella sonrisa era cómplice.
Poco a poco la lluvia fue amainando y el café fue vaciándose, lo que también significó que ella debía retornar a casa. Afuera apenas habían personas, y los charcos ahora reflejaban además la luz de una luna llena que se asomaba entre las nubes ya menos amenazadoras. El frío se colaba entre sus abrigos, por lo que él decidió quitarse el suyo para cubrir los hombros de ella, quien respondió al gesto tomándolo del brazo mientras caminaban a su edificio, que apareció demasiado pronto al doblar la esquina.
Al llegar, ella le devolvió el abrigo, ahora impregnado de su aroma. Se abrazaron largamente, y él suspiró: una mezcla de alivio por haberla reencontrado y de resignación ante la distancia que pronto volvería a separarlos.
Se separaron apenas lo justo para mirarse a los ojos y decirse, sin palabras, todo aquello que la emoción del encuentro les impedía pronuncir. Y a sabiendas de que un próximo encuentro era una quimera, él acercó sus labios a los de ella y se unieron en un beso largamente anticipado. Olvidadas quedaron las circunstancias que separaron sus caminos hace años, y poco importó lo incierto que lucía el futuro entre ambos, porque ese presente los envolvió hasta elevarlos, y sus cuerpos se sintieron ligeros y sus corazones palpitaban con fuerza pero con sociego.
Pronto volvieron a la realidad y despidieron sin decir nada mas, pues ese beso lo había dicho todo. El continuó su camino acompañado del aroma y la calidez que ella había dejado en su abrigo y de esa sonrisa que se instaló en su rostro al verla - una sonrisa que aún vuelve sin falta al recordar ese encuentro.
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