Grito Ciego

20110403

Relatos de Ficción X

La imágen que dió origen al texto: Piezas, por Maria J. Z. Rodríguez

Como si una fuerza invisible sujetase mi ser, me detuve bruscamente ante ese escalón. Enseguida oleadas de recuerdos recorrieron mi sien, y un sudor frío se hizo presente en mis manos. Regresar nunca ha sido fácil pero ¿Cómo alterarse justo en el lugar que albergó los momentos más plácidos de mi niñez? Aunque el tiempo había levantado unos cuantos mosaicos del suelo y los colores de la estrella no resultaban tan vivaces como entonces, el lugar conservaba intacto su encanto.

Decidí recorrer con mi vista cada detalle de ese lugar tan simple para alguien de mi edad, pero tan enigmático cuando se tiene apenas un puñado de años. De la grieta aun surgían algunas de las hierbas que condimentaron nuestros suculentos platos en las tardes de juegos culinarios, y grabados seguían nuestros nombres en el cemento fresco que remendaba el escalón. El agujero que solía contener las metras en nuestros épicos torneos ahora lucía nuevos azulejos, y los lirios que muchas veces pendieron en sus cabellos acababan de florecer impregnando ese ambiente que mezclado con el aguamiel del puntal nos alcanzaba ensimismados en nuestro mundo.

Ante cada recuerdo su figura surgía de todas las maneras posibles, como mi compañera de juegos, mi confidente, mi consejera particular y ocasional enciclopedia. Justo ahora todo resultaba claro y todas las piezas parecian encajar: el sudor y el nerviosismo eran los mismos de antaño, los mismos de esa tarde que empezó con un lirio en su frente y terminó con un beso en sus labios.

20090109

Relatos de ficción IX

Pronto aseguré que su mano no se apartara de mi rostro; fueron tantas las despedidas anteriores que un temor inexorable hizo sucumbir mi maltrecho orgullo ante la simple imagen de su partida. Sin embargo mi cara recobraba el color y mi cuerpo el calor al sentir su otra mano sobre mi pecho que agitado percutía. Mis labios reaccionaron buscando los suyos pero la estocada fue certera al ver como su rostro giraba para evadir el beso que daría sosiego a mi alma. Ante esto, solo alcancé a cerrar los ojos y abrazándole besé sus cándidas mejillas mientras la resignación de otros tiempos retomaba su lugar en mí y las mismas absurdas ideas se asomaban inquietas esperando una señal para danzar furibundas en mi cabeza. Pero mientras se prolongaba el momento, su dulce aroma hizo consenso con mis sentidos y ese agudo dolor fue reemplazado por la tranquilidad que significó la dicha de tenerla en mis brazos una vez más.

Con la valentía de un ejército que de pié y altivo se enfrenta a la ineludible derrota la aparté suavemente y regresé a mi cama, no sin antes hundirme en sus cabellos para llenarme de su esencia. Acostado, di mi espalda a la puerta por la que saldría por vez última; la simple idea hacía añicos mis entrañas. Empecé a recordar todas las veces que la vi partir, o las otras tantas que abandoné la habitación dejándola inmersa en un plácido sueño, y justo cuando venía a mi mente las inolvidables mañanas que nos alcanzaban entrelazados, con el sol acariciando nuestros cuerpos y nuestros alientos convergiendo pasivos, sentí de nuevo su presencia a mi lado aferrada a mi maltrecha espalda. Volteé mi cuerpo para descubrir su sollozante rostro; acto seguido tomó mi mano y la llevó a su pecho que entregaba una dulce percusión que fue cediendo lentamente ante su somnolienta condición.

Aunque faltaban par de horas para el amanecer el sueño se alejó de mi rostro y dediqué cada segundo en detallar su rostro en la penumbra de esa noche de luna llena, hasta que una claridad bañó las paredes del cuarto y entregó a mi vista cada pincelada de su silueta envuelta en sus ropas de viaje, y con esos rayos la claridad también embargó mi espíritu. Sonriente, besé su frente y me rendí a un profundo sueño en el que la eternidad nos alcanzaba justo así, inertes y completos, tranquilos y felices; afuera el invierno azotaba los arboles que luchaban de pie a sabiendas que la primavera les retornaría la majestuosidad y la belleza, y que pronto bajo sus ramas los amantes escaparían del ardiente verano.

Al despertar un esperado vacío ocupaba su lugar. La habitación aún conservaba su aroma y los objetos recobraban sus formas en la avanzada mañana. Aunque el dolor había desaparecido, mi cuerpo resentía los pesares de mi alma que taciturna asimilaba su partida; un letargo plagado de insensibilidad era la respuesta a tan intensa jornada. Recobré mis fuerzas a punta de recuerdos, y me llené de anhelos para obligarme a salir de la habitación. Vagas sonrisas plagaron mi rostro al recordar sus maneras, y cientos de suspiros escaparon ante el recuerdo de sus formas y fue entonces cuando…

…la hermana del omnipresente escritor de este relato llegó a casa, y le ofreció a este una suculenta "Reina Pepiada" la cual devoró a pesar de su llenura. Al regresar frente a su pantalla, este cambió la inspiración por el sueño, quedando en deuda con el escrito y sus posibles lectores.

20080926

Relatos de Ficción VIII

- Me gustas.
- ¡Pero muchacho tonto! ¿Qué dices?
- ¿Por qué?
- Eso de que te gusto es algo fuera de contexto.
- Pero es así. Es que me gustas mucho.
- ¿Seguro que no eres gay?
- Más que seguro.
- Mira. No me puedes tomar de la mano y decir semejante cosa.
- ¿Pero a qué se debe lo bárbaro del asunto?
- Porque hoy en día a un chico no le gusta una chica.
- Pero si tú me gustas.
- No. Podrías decirme “oye, eres atractiva”
- ¿Bueno, eso es tácito no crees?
- No necesariamente
- Insisto. Me gustas.
- Eres un necio. Dime que te parezco interesante, o que te enciendo. Di que me quieres, o ve a los extremos y declárame amor irrefutable y sin condiciones, aunque te rechace. Incluso que quieres llevarme a la cama, pero eso de que te gusto me resulta ofensivo.
- ¿Eres extraña sabías? Es quizás por eso que me gustas tanto.
- No abuses.
- Es que todavía no le encuentro lo ofensivo.
- Me ofenden los medios tintes. O me quieres tocar o me quieres amar. Pero eso de que te gusto solo significa que no sabes lo que quieres.
- Lo siento, nunca lo vi de esa manera. Creo que estas en lo cierto. Aunque te quiero
- Lo dices muy tarde
- Y ciertamente quiero llevarte a la cama.
- Es muy pronto.
- Lo que hacen las palabras a destiempo.
- A veces es mejor no decirlas.
- No creo que sea el primero que te lo diga.
- No lo eres, pero si al primero que sigo besando después de tremenda imprudencia.
- ¿En serio?
- Si. Debe ser que me gustas mucho.

20080620

Relatos de Ficción VII

Esta relato de ficción fue real, pero no deja de ser ficción. Fue sencillo. Fue un dulce sueño.

Siempre tuve como beso perfecto aquel que ocurrió en una fría mañana, con sus manos temblorosas sujetas por mis manos temblorosas. Varios labios muy reales me encargaron de, con sus particulares dulzuras, comprobar esta realidad, que hoy se derrumba con el mas imaginario y perfecto de los besos.

¿La protagonista? Mientras más pienso que es lo de menos, más creo que es la gran autora (imaginaria) de todo esto. Es que esos labios los conozco a la perfección de las cientas de veces que los he visto con la cortés atención de un buen oyente, y entre nos, de las muy ocasionales veces que los he llegado a anhelar. Pero para el concepto más global de este beso perfecto, quedará en un plano secundario.

El sueño fue simple: Estudiabamos algo, cuando la vi allí, concentrada y con una lozanía que contrastaba con su caracter inflanqueable. Pensé "Es ahora o nunca" y con una determinación admirable me lancé en busca de sus labios. ¡Oh dulce sensación! una suavidad adorable indicaba que mi atrevimiento valía la pena, pero no fue jamás comparable con la gratificante sensación que experimente cuando al intentar separarme, sentí como mi encantadora y besada compañera se resistía a abandonar la faena. Prolongar el infinito placer de sentirle plenó mi dormido corazón, hinchó el alma y permitio a mi mente recordar cada detalle, cada caricia que en medio del interminable beso compartimos con la afable tranquilidad de aquel que calma una sed de mil años.

Cesamos solo por el instante necesario para ver nuestras caras y con sendas miradas confirmar que el camino era el correcto, que debiamos continuar sin importar el desenlace, que era el momento y no el futuro o el pasado el que marcaba nuestro querer; cualquier historia carecia de importancia ante ese evento, y nuestros alientos cargados de deseo nublaron cualquier sentido del tiempo para dotar al reino de las sensaciones de un dominio pleno de nuestros cuerpos.

Retomamos nuestro beso como si se tratara de un par de amantes con años de historias, amores y encuentros. La pasión sin duda alguna se hacia presente pero de la manera más sutil, ataviada de blanco en vez de su usual rojo; un traje de gala para tan grandioso evento. Y el amor... ¿Se haría presente? Quizás era tácito o nunca rondo esos lugares. Quizas nunca lo percibí por ser solo un sueño, o por que mi corazón estaba más ocupado en no estallar de la felicidad. Porque felicidad si hubo, en todas y cada una de las sensaciones, aupando a mi mente a recordar, ordenado a mi alma a iluminarse.

Cada movimiento, cada acción era sagazmente planeada, a pesar de lo improvisado que resultaba todo esto. Ella correspondía a cada lance como si fueramos dos bailarines. Alguna veces ella dirigía el baile, otras yo retomaba el control y así disfrutamos de ese juego. Lo que siguió poco lo recuerdo, ella partió a buscar a alguien para decirle lo que habia sucedido mientras yo quedaba sentado pensando en lo que había sucedido y en lo que vendría cuando ella regresara.

Justo en esa espera sucedio lo inevitable: desperté. Odie todo cuanto me rodeabla en ese momento, hasta tomar conciencia que una nueva jornada esperaba por mi y de que un nuevo referente quedaría marcado para ser algún dia vivido.

20080427

Relatos de Ficción VI

Muchas veces se había repetido la misma escena en sus mentes, durante aquellas conversas de eternas madrugadas, que usualmente empezaban con un gin tonic y terminaban con un café con leche y el respectivo resumen deportivo del domingo en la mañana. Él soñaba con la misma canción en el mismo lugar, la misma noche estrellada amenazando con caer sobre el plácido mar cuyo murmullo y frescor alentaba ese anhelado baile. La protagonista de este dulce sueño cambiaba con la estación: unas veces era aquella rubia que significaba su primer tormento, otras la trigueña que figuraba como su primer amor. Otras la chica que puntualmente tomaba su café a las ocho de la mañana cada martes, miércoles y jueves frente al parque que se divisaba por la ventana de su dormitorio, y así sucesivamente hasta completar una larga y ridícula lista.

Su compañera de conversa le escuchaba con la misma sonrisa burlona en la comisura de sus labios. Para sí solo imaginaba la llamada que sucedería el glorioso evento, en la que cada detalle le sería revelado y la sonrisa a medias se vería completada. Usualmente aportaba algo nuevo, o cambiaba los minuciosos detalles que de tanto repasar aprendieron de memoria.

Casi siempre coincidían: él debería llevar a la respectiva dama a cenar en aquel acogedor lugar que a pesar de los años seguía en pie al lado del muelle. Luego un paseo por la playa hasta llegar al auto estratégicamente estacionado entre la playa y el infinito, justo donde la brisa jugaba imperiosamente, auspiciando el acercamiento. Y empezaría a sonar aquella canción que docenas de suspiros arrancaba sin remordimiento en él. La perfecta banda sonora para un beso anunciado, según ellos pensaban. ¿Qué sucedería después? Poco importaba, pero la perfección de ese momento obsesionaba a este par de compañeros.

Ella pensaba que él debía tomar a la chica por la cintura; el pensaba en tomarle una mano mientras con la otra sostendría afablemente su rostro, transmitiendo todo aquello que con palabras resultaría imposible en ese momento. Ella pensaba que él debía besar a la chica justo después del tercer verso; el pensaba hacerlo mientras sonaba el estribillo final. Ella apostaba por un fugaz robo, el por un inevitable y tácito consenso. Cuando ella sugería a la trigueña, él estaba pensando justo en la rubia. Fogosas batallas se generaban en las obscuras madrugadas iluminadas por el tenue resplandor de algún clásico que se mostraba atento en la pantalla del televisor. Risas y golpes podían llover por doquier, hasta que les sorprendía el amanecer o el cansancio, el que ganara la carrera.

Hasta que llegó el momento en el día menos esperado. No fue la rubia, ni la trigueña. No fue la chica del café, ni la vecina de tantos años. Fue ella, la misma que atenta escucho por mucho tiempo el plan para un instante perfecto. Todo sucedió tal y como se estimó, tras la cena el viento, tras el estribillo, el beso.

Solo que, a la mañana siguiente, fue él quien despertaba tras una llamada anunciada. Hermosos detalles esperaba con anhelo y la sonrisa finalmente fue completada.

20080420

Relatos de Ficción V

Nunca antes su cuello había parecido tan largo, y sin embargo seguía conociéndole poro a poro. El tiempo se sentía burlado ante la osadía nuestra de ignorar todo lo transcurrido desde aquel último beso, intrascendente para el momento, ancla de un imposible para la eternidad. Solo el magnifico sello impuesto por nuestros labios daba fin a una sequía de desaciertos. Búsquedas infructuosas, miradas confusas y promesas falsas llenaban el prontuario. Seguíamos prófugos de un destino de temple tan infranqueable como azaroso. Esta vez la moneda ordenaba la unión de algo más que nuestros cuerpos pero quizás en la mañana, al buscar de nuevo el cálido latido entre tus firmes pechos me vería de nuevo con la cara sumergida entre sábanas, en busca del mínimo vestigio de tu aroma único. La moneda sería lanzada de nuevo.

Fue entonces cuando nuestras mentes fueron atravesadas por una misma idea, un temor en común que si bien antes había embargado nuestras vidas, nunca antes había calado tan profundo en el alma. Abusar de la suerte parecía ser nuestra firma, pero justo en ese instante un beso se convirtió en mirada, y el definitivo adiós que ingenuamente había plantado el destino en un futuro no muy lejano vio como entre sonrisas y abrazos complacientes se rompía ese libreto de mil tachaduras, obligándole a retroceder cabizbajo.

Y la moneda fue lanzada de nuevo ¿Acaso importó?

20070927

Relatos de ficción IV

Recordaba tendido sobre la alfombra el aroma que expedían sus cabellos cuando el reloj le sacó de sus cavilaciones. Eran las seis de la tarde y si cerraba bien los ojos vería de nuevo las incontables veces en que ese mismo reloj les sorprendió en medio de una charla sin sentido, una mirada interminable, un beso refrescante en una tarde veraniega o un cálido abrazo retando el incipiente otoño. Pero era lo suficientemente precavido y abría sus ojos antes de que le invadiera el recuerdo de la gracia de su vientre, aquel sobre el cual había reposado con sosiego esperando que el mismo reloj marcara las seis de la tarde.

Sin embargo, el recuerdo del fulgor de esa sonrisa que ella solía entregar a plenitud solo para él le ganó la partida, y un intenso palpitar retó el ritmo cadencioso del reloj. Esa explosión de sangre en su cabeza bastó para desplazar cualquier emoción de su mente – porque hace tiempo que no sentía con su corazón – y desató una zozobra insana, producto de esa ausencia que se disponía a dejar de lado cuando el reloj marcó las seis de la tarde. Ya antes había notado que extrañar no era algo ajeno a él, y estaba conciente que ahora que ella no estaba todo a su alrededor retomaría ese magro aspecto de los día que le precedieron. Esa mezcla de ira y desespero hacía el aire más denso, y cada respiro jugaba con ser el último. Ya el reloj dejaba las seis de la tarde en el olvido, y mientras la resignación que acompaña a un ser solitario hacia mella en él, la puerta se abrió.

Eran las siete de la noche y de nuevo el cálido vientre de su amada sostenía su cabeza que con ironía, tristeza y placidez recordaba los instantes que de seguro se repetirían con su amargo consentimiento.

20070703

Relatos de ficción III

Si bien la invitación lucía tentadora, a primera instancia fue rechazada. Lo que empezó siendo un temor terminó convirtiéndose en el creciente palpitar que el verde de sus ojos causaba con orgullo. La lluvia de aquella tarde casi noche hizo del abrigo negro que ella portaba elegante el peor enemigo de un hombre nostálgico, ocultando la figura que tiempos atrás causó estragos que él estaba dispuesto a repetir. Pero a la vez le permitió retomar la vieja costumbre de perderse en la lozanía de un rostro inmaculado que el tiempo trató de cubrir con mucho esfuerzo, más sucumbió frágilmente. La compañía no resultaba molesta, pero cuanto antes se disipara, mucho mejor.

Poco a poco la noche fue cubriendo la ciudad cuyo amplio panorama servía de tapiz para la reunión. Algo de música, un tanto de cuentos, todos acompañados de la intriga que suponía el recuerdo de un lejano encuentro que marcó dos épocas, dos etapas y dos personas diferentes a estas que se miraban interrogantes. Las voces, las caras, los temas y demás anécdotas, todo aquello perteneciente a tiempos dorados inundaron el ambiente, brindaron demasiada comodidad, devolvieron empatías perdidas. Si todo aquello alguna vez fue lógico hoy caminaba a tientas, aunque por el sendero correcto. Solo entonces ambos entendieron lo cíclico de su historia, ese constante ir y venir que cada vez resultaba más rutinario, pero que hacía de este turno el último.

Así fue avanzando la velada hasta que la madrugada entregó sus sombras disimuladas y finalmente quedaron solo dos almas en el salón. A un lado yacían las ansias de pasar el capítulo, aún cuando ya era irremediable. Cedieron sus costumbres, sus memorias y las sensaciones mutuas ante una realidad que les fue consumiendo taciturna. Pero a pesar de la melancolía, se reservaron la autoría de un final feliz.

20070619

Relatos de ficción II

Mientras el viento hacia un festín entre sus cabellos, el humeante auto presagiaba una espera que ambos lamentaban solo de sus bocas hacia afuera. Por delante tenían la oportunidad que les mantenía expectantes solo el tiempo suficiente en hacer el respectivo llamado de auxilio. Ya la conspiración tomaba forma: el sol incandescente, en conjunto con el tortuoso mar de carros de bocinas cada vez más estridentes, hacían del café que de manera discreta sobresalía entre las viejas casas de la zona el sitio ideal para el desenlace de aquel encuentro que comenzó entre juegos de palabras y anécdotas infantiles, y que reclamaba un salto de línea, un punto y aparte que brindara claridad.

Dos sillas enfrentadas con premeditación divina obligaron a las miradas que escaparon durante toda la jornada a asumir sus responsabilidades, a decir con elocuencia lo que las palabras dejaban escapar. Todo estaba dicho, aunque reinaba el silencio que cadencioso permitía calmar el calor con sendas bebidas. Se prolongaba el momento solo porque la verdad había sido develada cada vez que sus ojos recaían en los labios de ella, para huir inocentes cuando eran descubiertos, y romper la tensa calma con una sonrisa compartida síntoma de la armonía a la que se entregaron. Pensar en las circunstancias no era opción; todos aquellos que ahora no estaban presentes pero antes y después resultaban ineludibles deberían entender obedientes la perfección de ese instante que se alargaba más de lo esperado pero menos de lo anhelado.

Era hora. Si todo confabulaba para que resultara inevitable la gloria, ¿quienes eran ellos o los demás para impedirlo? Una mano sostenía con sutileza el rostro suave de una dama perfecta, y la otra jugueteaba temblorosa con los finos dedos fríos que ella entregaba a placer.

Simplemente era hora.

20070525

Relatos de ficción I

El momento es propicio. Luego de una larga conversación la idea de relajarse ante la luz de la pantalla luce tentadora. El clima confabula a favor; el viento gélido que la noche regala hace que se estrechen las distancias y se compartan los latidos. Risas, gritos y alguna ocasional lágrima son las consecuencias de una película que desvanece las ideas y concentra sólo el presente, a pesar de las pausas que devuelven a la realidad a los personajes que cierran sus ojos para sumergirse en la ficción. Nada se mueve, nada aturde, ni siquiera un susurro irrumpe despistado en la habitación. Todo invita a seguir el curso que los detalles han demarcado, a romper la sincronía de alientos sosegados para dar paso a la sinfonía lógica que parece estar destinada a inundar los sentidos en cualquier momento. La tranquilidad se torna incómoda, el palpitar se hace evidente ante el mundo y por fin las miradas traducen los anhelos compartidos. El pasado yace libre de culpas, el futuro enceguece ante la luz del momento y el presente es un término absurdo para estas dos figuras.

Es entonces cuando surge al unísono:

“Buenas Noches”