Relatos de Ficción

20260518

Hay canciones que pertecen a un lugar en particular en nuestro imaginario. La escuchas en donde no debe ser y no suenan igual, no llegan igual, no se sienten igual. El lugar cambia, los vientos soplan con fuerza y la lluvia aparece cuando menos se le esperaba. Tal es su fuerza que a traves de sus oidos sube al cielo y mueve nubes, desata furia, enfrenta a Dios y al Sol y a las estrellas. Pero no puedes cambiarla, no debes, no quieres, no te atreves. No quieres que la vida te diga que hacer, no quieres que una cancion te diga que hacer pero le obedeces porque hace tiempo que tu vida esta en tus manos, no la quieres en manos de alguien mas pero dejarla en manos de una canción parece lo correcto, parece un respiro merecido.

Son tres minutos que ahora tienen el peso de décadas de existencia. Pronto acabará y esperas que con ella acabe esa confusión momentánea. Pero sigue otra canción, y otra, y otra mas de una lista que has curado con cuidado y dedicación, y ninguna suena igual, ninguna llega igual, ninguna se siente igual. La lluvia arrecia y el calor que arropaba las piernas se fue espantado por el frío de un invierno que parecía superado. Su furia aun resuena a traves de los latidos de tu corazón y retumba la tierra donde hileras de hormigas se preguntan, como todos, que ha pasado, y cuando pasará, tratando de sortear las hojas que el viento arrastró, cobijandose con ellas de una lluvia que de pronto empieza a amainar. Sabes que es lo que debes hacer, sabes cual es la canción que calmaría toda la tormenta, pero no te atreves a ponerla, no puedes, no debes, no quieres, porque te apena recurrir a esa misma cancion y que nada cambie. Necesitas que esta vez sea el destino quien la ponga en el camino.

Ya en este punto sabes que la tormenta que desató esa canción a destiempo y fuera de su lugar no desaparecerá, solo buscas el cobijo de otra canción que te abrigue de nuevo las piernas descubiertas. No sabes si asimilaste una realidad ineludible, o te acostumbraste a sus desvaríos. No lo quieres saber, no puedes saberlo, no debes, no quieres.

Y cuando menos esperabas llegó esa canción. Esa maldita canción, que te desnuda, que amas, que te deja solo en la lluvia, porque sabe que necesitas esa lluvia, necesitas que el agua lave tus piernas descubiertas, que escurra por tu cara. Que el frio se meta hasta ese brazo que ahora duele y que te haga mover. Ya el frio no molesta, ya la lluvia no molesta, ya el dolor del brazo no molesta. Porque esa canción lo es todo, y lo es nada porque es efímera, pero te hace entender que todo es efimero, y la lluvia desaparecerá en cualquier momento, y el sol secará las piernas descubiertas y el viento secará el cabello que aun escurre agua. Pero la incomodidad de una canción a destiempo y fuera de lugar que desató una lluvia tambien desaparecerá. Y el calor de una canción maldita que amas tambien desaparecerá.