Relatos de Ficción

20260116

Relatos de ficción XIV - Tercer enfoque

Ajustes con IA


La botella de vino ya iba por la mitad cuando ella notó el leve temblor en sus manos. No era el frío de la noche, sino la suma de todo lo que había quedado suspendido entre ellos durante semanas.

Ambos habían llegado hasta ese reencuentro después de atravesar sus propias ruinas. Ella aún cargaba las consecuencias de una ruptura que la dejó a la deriva tras haber entregado demasiado amor; él seguía arrastrando la huella de un rechazo que le hizo dudar de su lugar en el amor.

Por eso, al principio, solo fueron compañía. Noches largas saliendo tarde del trabajo, cenas improvisadas, cines repetidos. Una amistad construida desde la calma, sin expectativas, que les permitió respirar cuando la ansiedad todavía ocupaba demasiado espacio. En esa cercanía aprendieron a acompañarse, sin darse cuenta de que el tiempo estaba haciendo su trabajo.

La distancia llegó cuando menos lo esperaban, y aunque solo fueron unas semanas, lejos de separarlos les enseñó a extrañarse; fue ese extrañar lo que terminó de nombrar aquello que antes habían evitado.

Ahora, frente a frente, la noche no traía urgencia sino claridad. El pasado seguía ahí, reconocible, pero ya no pesaba; apenas lo suficiente como para recordar por qué alguna vez tuvieron miedo. El silencio entre ellos estaba lleno de todo lo que no se atrevían a cruzar. Hubo miradas sostenidas, gestos contenidos, una cercanía que pedía más y, al mismo tiempo, imponía cautela.

No fue falta de deseo. Fue respeto por lo vivido, por lo que alguna vez dolió, por ese límite invisible que ambos reconocieron sin nombrarlo. Permanecieron ahí, compartiendo el vino, la noche y la certeza de lo que podría haber sido. Entre la somnolencia y la quietud, sus manos y sus miradas se rozaban, acercando sus rostros con la suavidad de lo que no debía cruzarse, sintiendo la cercanía sin romper el frágil equilibrio que habían construido con tanto esfuerzo.

Al amanecer, la botella estaba vacía y la ciudad seguía intacta. Cada uno volvió a su camino llevando consigo lo que no sucedió. Con el tiempo, ambos abandonaron la ciudad; los encuentros se hicieron escasos y las conversaciones más breves, hasta convertirse en recuerdos esporádicos.

Pero muy de vez en cuando, él la recuerda y cierra los ojos, imaginando qué habría pasado si se hubiera atrevido a besarla en alguna de las tantas ocasiones en que lo pensó. Ella, en noches quietas, abraza la almohada recordando aquellos abrazos que la envolvían con su perfume.

No fue una historia inconclusa, sino una que eligió quedarse en el lugar exacto donde no duele… pero tampoco se olvida.


Relatos de ficción XIV - Segundo enfoque

Repensado con IA

.......


La botella de vino ya iba por la mitad cuando ella notó el temblor en sus manos. No era el frío de la noche, sino la suma de todo lo que había quedado suspendido entre ellos durante semanas. Él lo percibió sin mirarla: siempre había sabido reconocer aquello que no necesitaba palabras.

Ambos habían llegado hasta ese reencuentro después de atravesar sus propias ruinas. Ella aún cargaba las consecuencias de una ruptura que la dejó a la deriva tras haber entregado demasiado amor; él seguía arrastrando la huella de un rechazo que le hizo dudar de su lugar en el amor. No se conocieron para salvarse, sino para darse tregua, cuando ninguno estaba dispuesto a volver a sentir.

Por eso, al principio, solo fueron compañía. Noches largas saliendo tarde del trabajo, cenas improvisadas, cines repetidos. Una amistad construida desde la calma, sin expectativas, que les permitió respirar cuando la ansiedad todavía ocupaba demasiado espacio. En esa cercanía aprendieron a acompañarse, sin darse cuenta de que el tiempo estaba haciendo su trabajo.

La distancia llegó cuando menos lo esperaban. Ambos dejaron la ciudad y lo que había sido cotidiano se volvió recuerdo. Él, en la soledad de otros lugares, imaginó demasiadas veces lo que habría ocurrido si se hubiera atrevido a besarla cuando aún compartían rutinas. Ella, en noches silenciosas, buscó refugio en el recuerdo de sus abrazos y en un perfume que la había hecho sentir a salvo. Extrañarse terminó de nombrar lo que antes habían evitado.

Ahora, frente a frente, la noche no traía urgencia sino claridad. Las heridas ya no sangraban; apenas dolían lo suficiente como para recordar por qué habían tenido miedo. El primer contacto fue lento, casi reverente, como si ambos necesitaran confirmar que aquello no era un impulso sino una elección consciente.

El beso llegó sin prisa, cargado de todo lo que había quedado pendiente. No hubo promesas ni planes, solo la certeza serena de que podían entregarse sin perderse. No buscaban llenar vacíos ni reparar fracturas; se encontraron desde un lugar distinto, más honesto, más entero.

Cuando amaneció, la botella estaba vacía y la ciudad seguía intacta. No sabían si aquella noche sería un comienzo o un paréntesis, y por primera vez eso no importó. No fue un error ni una concesión a la nostalgia.

Fue la consecuencia inevitable de todo lo que los había llevado hasta allí


Relatos de ficción XIV

Mirando hacia el pasado, era algo que se veía venir. Poco a poco se fueron acumulando las situaciones, las anécdotas, los puntos en común y los intereses mutuos; se llenaron de sonrisas, miradas y suspiros entre dos almas que buscaban sin saberlo y que, justo cuando dejaron de hacerlo, se encontraron.

Eran dos corazones maltrechos tomándose un respiro. Ella, aún tratando de asimilar una ruptura que la había dejado a la deriva tras haber entregado tanto amor. Él, todavía sanando ese rechazo que lo hizo pensar que quizá el amor no era para él. Dos historias distintas, unidas por un mismo denominador: la melancolía de quienes buscan recuperar el aire que la ansiedad les ha ido robando. 

El destino, socarrón como suele ser, decidió cruzar sus caminos. Pero ambos estaban tan ensimismados, tan concentrados en no sentir, que no se dieron cuenta de la cercanía que iba gestándose hasta que sus presencias se volvieron inevitables. Cada vez era mas frecuente que el trabajo los llevara a ser los últimos en salir de la oficina, lo que se fue traduciendo en cenas juntos, un aventón a casa o un ocasional cine. Y pronto fueron sientiendo cómo disfrutaban de la compañía; las cenas se fueron alargando, los cines se repetian y las conversas fluian con facilidad. Y aun así, no había una atracción evidente más allá de la amistad sincera que había nacido entre ellos.

Los días pasaron, y con ellos sus corazones encontraron el sosiego que tanto anhelaban, fruto de una calma que suele conceder el tiempo y la distancia. Que aquello ocurriera mientras compartían momentos parecía una simple coincidencia, aunque una muy bienvenida. Esa tranquilidad les permitió alzar la mirada y verse con otros ojos, hasta sorprenderse a sí mismos.

Él comenzó a notar como los ojos de ella se cerraban al reir, lo bien que lucía su cabellera corta, lo agradable de su perfume nuevo. Ella comenzó a sonreir cada vez que recordaba las ocurrencias de él, a sentir cómo su voz le llenaba de paz, y a disfrutar ese perfume nuevo que tan bien le sentaba a él. Sin embargo, ambos seguían renuentes a reconocer la posibilidad de algo más allá de aquella hermosa amistad que habían construido. Renuentes por miedo a sus pasados; un miedo que les robaba el presente y les impedía siquiera imaginar un futuro.

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Y el destino, socarrón como suele ser, decidió separar sus caminos. Ambos dejaron la ciudad, y poco a poco los encuentros y las conversaciones se volvieron más escasos. Pero muy de vez en cuando él la recuerda y cierra los ojos, tratando de imaginar lo que hubiese sucedido si se hubiese atrevido a besarla en alguna de las tantas veces que lo pensó, y ella abraza su almohada recordando aquellos abrazos que la llenaban de su perfume.

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Y el destino, socarrón como suele ser, les dió el empujón que necesitaban. Les separó justo lo suficiente para que se extrañaran, y cuando se reencontraron estaban tan colmados de anhelo que bastó una botella de vino bajo una noche fresca y estrellada para entregarse el uno al otro con la serenidad de quien sabe que, después de tanto, por fin se lo merecen.

20251014

El reencuentro

 Como si fuese un youtuber falto de ideas, le pedi a chatgpt que me reimaginara el texto anterior como escrito por Dostoevsky. La primera versión fue muy oscura, pero luego me dió esta que me gustó bastante:

El reencuentro 

Cuando recibió la noticia de que debía viajar a aquella ciudad, no experimentó, en un principio, más que la confusión propia de los hombres que, al mirar hacia atrás, descubren que el pasado no los ha abandonado. Y, sin embargo, entre todas las ideas que cruzaron su mente, una, sola y persistente, se alzó sobre las demás: ella.

Sí, ella —esa presencia que, aun después de tanto tiempo, seguía respirando en los pliegues de su memoria, como una melodía olvidada que, al ser oída de nuevo, trae consigo la dulzura del dolor y la tristeza de lo irrepetible.

Habían pasado años desde la última vez que la vio. El tiempo, con su modo implacable y silencioso de borrar los contornos de las cosas, había mitigado el ardor de su recuerdo, pero no su esencia. La distancia, los miles de kilómetros que se interpusieron entre ambos, sirvieron solo para envolverla en una niebla más sutil, más íntima, casi sagrada. Porque hay seres —pensaba él— cuya huella no se borra ni con el olvido ni con la resignación: queda allí, inscrita en el alma, como un signo que nos recuerda que alguna vez fuimos capaces de sentir.

Durante el vuelo cerró los ojos y, sin proponérselo, invocó los días que compartieron. No buscaba revivirlos; le bastaba con contemplarlos, como quien contempla un cuadro que alguna vez amó. En medio de la vulgaridad y el ruido de su vida cotidiana, ella había sido pureza: una brisa leve que penetraba su espíritu sin pedir nada a cambio. Y aunque su paso por su existencia fue breve, dejó en él la convicción, todavía incierta, de que el alma humana, incluso herida, puede ser redimida por un solo instante de verdad.

Al llegar a la ciudad, una inquietud silenciosa lo dominó. No era miedo, ni esperanza, sino esa especie de temblor que precede a las decisiones que, aun siendo pequeñas, determinan todo lo que viene después.

Escribió un mensaje. Lo releyó una, dos veces, y lo envió con el corazón acelerado, casi avergonzado de su propio atrevimiento. La respuesta no tardó en llegar: breve, sencilla, y sin embargo tan cálida que parecía venir de otro tiempo.

Ella accedía a verlo.

La cita fue en un café del centro, de esos en los que el murmullo de las conversaciones y el tintinear de las tazas construyen una música inadvertida, casi hipnótica. Afuera llovía; las calles estaban cubiertas por una luz amarillenta que se reflejaba en los charcos, y el aire tenía ese aroma de las cosas que han esperado demasiado.

Cuando ella apareció, algo en él se estremeció. No porque el tiempo no la hubiese tocado, sino porque la había tocado con delicadeza. Había madurado, sí, pero conservaba esa mirada limpia, honesta, que lo había conmovido años atrás. Y en ese instante comprendió que no era el deseo lo que lo movía hacia ella, sino algo más profundo: una necesidad de reconciliarse con todo lo que había sido.

Conversaron largo rato, y todo pareció suceder como antes, con la naturalidad de los vínculos verdaderos. Ella reía, y su risa lo aligeraba; él hablaba con torpeza, pero con una sinceridad que rara vez se permitía. Hablaron del pasado solo de paso, como si ambos supieran que el pasado ya no dolía, que se había transformado en un recuerdo amable, casi redentor.

Cuando la lluvia cesó, salieron juntos. La ciudad había cambiado: los faroles se habían encendido, la luna se insinuaba entre las nubes, y el aire fresco parecía invitarlos a caminar despacio. Él, impulsado por un gesto tan antiguo como el afecto mismo, le ofreció su abrigo. Ella lo aceptó, y ese simple acto tuvo para él el peso simbólico de una confesión.

Caminaron en silencio hasta su edificio. La despedida se acercaba, inevitable, pero no por ello amarga. Se miraron, como si en esa mirada intentaran retener todo lo vivido, todo lo perdido, todo lo comprendido.

Y entonces, casi sin pensarlo, se besaron.

Fue un beso calmo, sin urgencia, sin pretensión. No era una promesa, ni un reclamo: era una gratitud. Una expresión silenciosa de que, pese a la distancia, pese al tiempo, algo de lo que alguna vez fueron seguía vivo.

Cuando ella se marchó y la puerta se cerró tras de sí, él permaneció un momento quieto bajo la luz mortecina del portal, con el alma suspendida en una paz desconocida.

Después caminó hacia su hotel.

No sentía tristeza, sino una especie de serenidad nueva, profunda, que nacía del reconocimiento de que, por un instante, la vida le había devuelto una parte de sí mismo.


Y comprendió, al fin, que algunos encuentros no ocurren para cambiar nuestro destino, sino para recordarnos que somos capaces de sentir todavía, y que eso —esa sola certeza— basta a veces para salvarnos de la desesperanza.






Relatos de ficción XIII

Al saber que tendría que viajar a aquella ciudad sólo pensó en algo: ella. Ya varios años habían pasado desde la última vez que la había visto, y el tiempo había diluido un poco el efecto de su mirada. Miles de kilómetros ayudaron a hacerla mas distante aún, pero nunca se había desvanecido por completo. Por efímero que hubiese sido todo entre ambos, fue algo intenso y sincero, por más que haya sucedido en un momento en el que él no estaba preparado para lo que ella ofrecía, o al menos así lo repetía en su cabeza.

Durante el vuelo cerró los ojos y trajo a su presente los recuerdos de los momentos especiales que habían compartido. En un mundo de sordidez y banalidad, ella fue viento fresco que alivió el sopor de su mente con sencillez y naturalidad, un sopor que volvería para arruinarlo todo aquel entonces, pero que fue incapaz de borrar la huella que sus encuentros habían dejado en él.

Quizá fue la remota posibilidad de un encuentro, la nostalgia de su recuerdo o el aire romántico de la ciudad lo que le dio, a ese ser lleno de dudas, un aplomo inédito. Y aunque sabía que ese valor podía desvanecerse en cualquier momento, y pese a los años transcurridos desde su última conversación, decidió escribirle y hacerle saber que estaba en la ciudad. Una tarea sencilla que, sin embargo, se tornó pesada bajo el peso de la incertidumbre.

La respuesta tardó milenios en llegar a su mente ansiosa, aunque en realidad solo pasaron unos minutos entre el envío del mensaje desde sus manos temblorosas y la respuesta de ella, tan simple como cálida, tan suya como siempre. Entonces el peso cayó, y de nuevo esa frescura suya, aún lejana e incierta, irrumpió con fuerza para hacerle seguir un camino del cual no habría retorno, el de traerla de vuelta a su vida. No buscaba pretensiones ni anhelos imposibles; bastaba con tenerla, de alguna forma, presente. Porque más allá de lo que había sucedido entre ambos —y de lo que pudo haber sido y no fue—, ella era una persona hermosa, alguien con quien había resonado profundamente, alguien a quien cualquiera querría cerca.

Superado el saludo inicial —hazaña titánica para quien sobrepiensa—, la conversación fluyó como si apenas hubiesen pasado unos días desde la última vez. Pero esta vez él no quería dejar nada al aire: quería verla, o al menos dejar claro su deseo. Sabía, sin embargo, que para bailar el tango hacen falta dos, y la vida es compleja para todos. Pero antes de que él se atreviera a proponer un café, ella lo sugirió. Su sorpresa fue mayúscula al descubrir que estaban a solo unas cuadras de distancia.

Acordado el sitio y la hora, esta vez la ansiedad vino acompañada de la melancolía muy propia del frío de una tarde noche de noviembre en esa ciudad que encendía poco a poco sus faroles amarillentos, cuyos reflejos danzaban en los charcos de la lluvia reciente, tiñendo el paisaje de un aire impresionista, o al menos así le pareció a él.

Sumido en esos pensamientos, sentado en una mesa del café, fue sorprendido por una figura conocida envuelta en un perfume que reconoció al instante. Con ella llegó también el recuerdo de un beso, de dos, de tres… porque en un instante todo regresó: no solo los recuerdos, sino también las sensaciones. Pero lejos de abrumarlo, le dibujaron una sonrisa que no lo abandonaría en toda la velada.

Se dieron un abrazo cargado de anhelos acumulados, se miraron a los ojos y ambos sonrieron con una felicidad genuina. Como si estuviesen retomando una conversación que dejaron a medias, pronto se encontraban hablando absortos el uno en el otro en medio del bullicio de todos aquellos que le acompañaban en un café abarrotado de gente cobijandose de la lluvia que ahora caía copiosa afuera.

Hablaron de sus vidas con la ligereza de lo protocolar, y pronto, como antaño, derivaron en charlas sobre cine, comida, música y aquellos intereses que los habían acercado años atrás, ahora más maduros, más profundos. Él desviaba la mirada de sus ojos solo para observar sus labios, los cuales no podía evitar mirar, y ella sonreía cuando lo sorprendía viéndolos. Él decidió creer que aquella sonrisa era cómplice.

Poco a poco la lluvia fue amainando y el café fue vaciándose, lo que también significó que ella debía retornar a casa. Afuera apenas habían personas, y los charcos ahora reflejaban además la luz de una luna llena que se asomaba entre las nubes ya menos amenazadoras. El frío se colaba entre sus abrigos, por lo que él decidió quitarse el suyo para cubrir los hombros de ella, quien  respondió al gesto tomándolo del brazo mientras caminaban a su edificio, que apareció demasiado pronto al doblar la esquina.

Al llegar, ella le devolvió el abrigo, ahora impregnado de su aroma. Se abrazaron largamente, y él suspiró: una mezcla de alivio por haberla reencontrado y de resignación ante la distancia que pronto volvería a separarlos.

Se separaron apenas lo justo para mirarse a los ojos y decirse, sin palabras, todo aquello que la emoción del encuentro les impedía pronuncir. Y a sabiendas de que un próximo encuentro era una quimera, él acercó sus labios a los de ella y se unieron en un beso largamente anticipado. Olvidadas quedaron las circunstancias que separaron sus caminos hace años, y poco importó lo incierto que lucía el futuro entre ambos, porque ese presente los envolvió hasta elevarlos, y sus cuerpos se sintieron ligeros y sus corazones palpitaban con fuerza pero con sociego.

Pronto volvieron a la realidad y despidieron sin decir nada mas, pues ese beso lo había dicho todo. El continuó su camino acompañado del aroma y la calidez que ella había dejado en su abrigo y de esa sonrisa que se instaló en su rostro al verla - una sonrisa que aún vuelve sin falta al recordar ese encuentro.

20240615

What's the point in wasting time on people that you'll never know?

 Broadcast - Come on let's go

Nunca conoceré a Trish Keenan, y hay días en los que esto me pesa. Hoy es uno de esos días.

20230109

Suena "September" de Earth, Wind and Fire.

Son las 10pm y lo único que pasa por mi cabeza es ir a despertar a mi hijita de 9 meses, ponerle esa canción y bailarla con ella.

Que manera de desvanecer el resto del mundo tiene esa nenita.

P.D.: Mejor esperaré a la mañana.

20210226

Relatos de ficción XII

El siguió caminando hacia el lugar de la fiesta. Pensó que caminar le ayudaría a aclarar lo que haría al llegar y verla. Deseaba verla, sentir que esa invitación no era una ilusión o un engaño de su mente. La necesitaba real, para dar un poco de cordura a su vida, tan inmersa en incertidumbres y de futuros aún desconocidos.

Pasó por el lado de un par de policias, un evento no menor en una ciudad como esa un sábado por la noche, pero en su mente solo transcurrían todas las posibilidades de ese encuentro. Aun seguía tratando de descifrar sus palabras al pedirle que le acompañara a la fiesta, las repetía esperando un poco de certeza sobre sus intenciones y sus expectativas. 

 ¿Qué esperaba de él, que esperaba de su compañia? 

"Solo necesita la seguridad que pueda brindarle, al fin y al cabo esta no es una ciudad fácil" fue la primera idea que se planteó, era la idea que manejaba su lógica. 

"No, me quiere alli para sentirse bien; pudo haber invitado a cualquiera y prefirió decirme a mi" pensó luego. Era la idea que manejaba su ego. 

"Quizas no habia mas nadie a quien invitar, y por eso optó por llamarme" pensó desde su inseguridad.

Poco a poco iba sucumbiendo entre esas ideas nada sanas cuando empezó a escuchar a lo lejos la música de la fiesta. Fue allí cuando se dió cuenta que poco importaba la razón por la cual ella habia tomado el teléfono y le habia pedido que le acompañara. Se permitió un poco de egoismo y empezó a pensar que haría para hacer de esa una velada memorable para él; ya el primer paso estaba dado y solo dependía de él marcar la grandeza de ese evento. Despues de todo, no habia nada que perder.

Al llegar no le fue dificil encontrarla entre la gente que llenaba el lugar. Parecía desprender un halo a su alrededor, aunque el sabía que esto era fruto de lo mucho que la había idealizado. Él se detuvo un instante, lo suficiente para dejar su pesado debatir de lado, y con su pecho ligero tras esa acción simbólica, se fue acercando al circulo que ella formaba con algunos de sus amigos.

De pronto sus miradas conectaron, y ese instante brindó la claridad que tanto estaba buscando, tanto en su cabeza como en su pecho. Bastó esa pequeña sonrisa para despejar su mente, y con el verde de sus ojos llegó el sosiego de su corazón.

Justo cuando estaba llegando al lugar donde ella estaba, las luces del lugar se atenuaron, y la banda empezó a tocar causando un estallido de júbilo entre la gente. El no pudo evitar rendirse al espectáculo por un momento, pero toda la emoción de ese instante pasó al olvido a sentir que una cabeza se apoyaba en su hombro; sujetando su mano, ella decidió que el mejor lugar para disfrutar del espectáculo era a su lado.

Quedaba toda una noche por delante, pero ¿acaso esto importaba en ese momento? Les aseguro que no.


20181122

Relatos de Ficción XI

Quizás el Caribe ya sabía lo que sucedería entre ellos dos, pero ninguno de ellos inició la jornada conciente de lo que podría suceder.

El día fue un aluvión de experiencias emocionantes, desde tomar el transporte público lleno de personajes cada uno más pintoresco que el otro, hasta buscar posada en el suelo de un edificio en construcción, todo esto enmarcado en un Caribe rebozante de luz y colores, siempre al servicio de las almas que estan destinadas a juntarse.

Todo fue muy natural, tan natural que no levantó sospechas. Si para la mañana eran dos extraños emprendiendo un viaje juntos, para el almuerzo podían hacerse pasar como la mas antiguas de las amistades. Y para la tarde las miradas se empezaron a cruzar más de lo normal y durar mas tiempo del que dos recién conocidos suelen durar mirándose. Aún asi, por sus mentes no hubo ningún atisbo de sorpresa, y la noche se abrió paso entre ellos complice con su frescura, que los invitó a acercarse cada vez más.

Con su sabiduría, el Caribe les brindo el escenario para lo ineludible: la brisa de la noche estrellada se llenó con un ritmo tan propio como adecuado para sus planes de tomar a dos extraños y deshacer esa condición entre ellos.

Ella tomó la mano de su acompañante mientras le invitaba a tomar su cintura para una lección de baile improvisada. Con una soltura poco característica en él, los pasos que por momentos fueron tímidos se convirtieron en un mensaje corporal ineludible. Risas, tropiezos y un palpitar creciente fueron reduciendo la distancia entre ambos hasta que sintieron el calor de sus cuerpos y se miraron el uno al otro, solos en esa calle solitaria entre el pueblo y el infinito mar.

La eternidad que pareció transcurrir desde que elazaron sus miradas hasta que unieron sus labios fue la espera mas dulce que jamás hubiesen podido concebir en sus mentes; fue el preámbulo perfecto para el inicio de un final feliz.

20110403

Relatos de Ficción X

La imágen que dió origen al texto: Piezas, por Maria J. Z. Rodríguez

Como si una fuerza invisible sujetase mi ser, me detuve bruscamente ante ese escalón. Enseguida oleadas de recuerdos recorrieron mi sien, y un sudor frío se hizo presente en mis manos. Regresar nunca ha sido fácil pero ¿Cómo alterarse justo en el lugar que albergó los momentos más plácidos de mi niñez? Aunque el tiempo había levantado unos cuantos mosaicos del suelo y los colores de la estrella no resultaban tan vivaces como entonces, el lugar conservaba intacto su encanto.

Decidí recorrer con mi vista cada detalle de ese lugar tan simple para alguien de mi edad, pero tan enigmático cuando se tiene apenas un puñado de años. De la grieta aun surgían algunas de las hierbas que condimentaron nuestros suculentos platos en las tardes de juegos culinarios, y grabados seguían nuestros nombres en el cemento fresco que remendaba el escalón. El agujero que solía contener las metras en nuestros épicos torneos ahora lucía nuevos azulejos, y los lirios que muchas veces pendieron en sus cabellos acababan de florecer impregnando ese ambiente que mezclado con el aguamiel del puntal nos alcanzaba ensimismados en nuestro mundo.

Ante cada recuerdo su figura surgía de todas las maneras posibles, como mi compañera de juegos, mi confidente, mi consejera particular y ocasional enciclopedia. Justo ahora todo resultaba claro y todas las piezas parecian encajar: el sudor y el nerviosismo eran los mismos de antaño, los mismos de esa tarde que empezó con un lirio en su frente y terminó con un beso en sus labios.