Mirando hacia el pasado, era algo que se veía venir. Poco a poco se fueron acumulando las situaciones, las anécdotas, los puntos en común y los intereses mutuos; se llenaron de sonrisas, miradas y suspiros entre dos almas que buscaban sin saberlo y que, justo cuando dejaron de hacerlo, se encontraron.
Eran dos corazones maltrechos tomándose un respiro. Ella, aún tratando de asimilar una ruptura que la había dejado a la deriva tras haber entregado tanto amor. Él, todavía sanando ese rechazo que lo hizo pensar que quizá el amor no era para él. Dos historias distintas, unidas por un mismo denominador: la melancolía de quienes buscan recuperar el aire que la ansiedad les ha ido robando.
El destino, socarrón como suele ser, decidió cruzar sus caminos. Pero ambos estaban tan ensimismados, tan concentrados en no sentir, que no se dieron cuenta de la cercanía que iba gestándose hasta que sus presencias se volvieron inevitables. Cada vez era mas frecuente que el trabajo los llevara a ser los últimos en salir de la oficina, lo que se fue traduciendo en cenas juntos, un aventón a casa o un ocasional cine. Y pronto fueron sientiendo cómo disfrutaban de la compañía; las cenas se fueron alargando, los cines se repetian y las conversas fluian con facilidad. Y aun así, no había una atracción evidente más allá de la amistad sincera que había nacido entre ellos.
Los días pasaron, y con ellos sus corazones encontraron el sosiego que tanto anhelaban, fruto de una calma que suele conceder el tiempo y la distancia. Que aquello ocurriera mientras compartían momentos parecía una simple coincidencia, aunque una muy bienvenida. Esa tranquilidad les permitió alzar la mirada y verse con otros ojos, hasta sorprenderse a sí mismos.
Él comenzó a notar como los ojos de ella se cerraban al reir, lo bien que lucía su cabellera corta, lo agradable de su perfume nuevo. Ella comenzó a sonreir cada vez que recordaba las ocurrencias de él, a sentir cómo su voz le llenaba de paz, y a disfrutar ese perfume nuevo que tan bien le sentaba a él. Sin embargo, ambos seguían renuentes a reconocer la posibilidad de algo más allá de aquella hermosa amistad que habían construido. Renuentes por miedo a sus pasados; un miedo que les robaba el presente y les impedía siquiera imaginar un futuro.
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Y el destino, socarrón como suele ser, decidió separar sus caminos. Ambos dejaron la ciudad, y poco a poco los encuentros y las conversaciones se volvieron más escasos. Pero muy de vez en cuando él la recuerda y cierra los ojos, tratando de imaginar lo que hubiese sucedido si se hubiese atrevido a besarla en alguna de las tantas veces que lo pensó, y ella abraza su almohada recordando aquellos abrazos que la llenaban de su perfume.
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Y el destino, socarrón como suele ser, les dió el empujón que necesitaban. Les separó justo lo suficiente para que se extrañaran, y cuando se reencontraron estaban tan colmados de anhelo que bastó una botella de vino bajo una noche fresca y estrellada para entregarse el uno al otro con la serenidad de quien sabe que, después de tanto, por fin se lo merecen.
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