Relatos de Ficción

20260116

Relatos de ficción XIV - Tercer enfoque

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La botella de vino ya iba por la mitad cuando ella notó el leve temblor en sus manos. No era el frío de la noche, sino la suma de todo lo que había quedado suspendido entre ellos durante semanas.

Ambos habían llegado hasta ese reencuentro después de atravesar sus propias ruinas. Ella aún cargaba las consecuencias de una ruptura que la dejó a la deriva tras haber entregado demasiado amor; él seguía arrastrando la huella de un rechazo que le hizo dudar de su lugar en el amor.

Por eso, al principio, solo fueron compañía. Noches largas saliendo tarde del trabajo, cenas improvisadas, cines repetidos. Una amistad construida desde la calma, sin expectativas, que les permitió respirar cuando la ansiedad todavía ocupaba demasiado espacio. En esa cercanía aprendieron a acompañarse, sin darse cuenta de que el tiempo estaba haciendo su trabajo.

La distancia llegó cuando menos lo esperaban, y aunque solo fueron unas semanas, lejos de separarlos les enseñó a extrañarse; fue ese extrañar lo que terminó de nombrar aquello que antes habían evitado.

Ahora, frente a frente, la noche no traía urgencia sino claridad. El pasado seguía ahí, reconocible, pero ya no pesaba; apenas lo suficiente como para recordar por qué alguna vez tuvieron miedo. El silencio entre ellos estaba lleno de todo lo que no se atrevían a cruzar. Hubo miradas sostenidas, gestos contenidos, una cercanía que pedía más y, al mismo tiempo, imponía cautela.

No fue falta de deseo. Fue respeto por lo vivido, por lo que alguna vez dolió, por ese límite invisible que ambos reconocieron sin nombrarlo. Permanecieron ahí, compartiendo el vino, la noche y la certeza de lo que podría haber sido. Entre la somnolencia y la quietud, sus manos y sus miradas se rozaban, acercando sus rostros con la suavidad de lo que no debía cruzarse, sintiendo la cercanía sin romper el frágil equilibrio que habían construido con tanto esfuerzo.

Al amanecer, la botella estaba vacía y la ciudad seguía intacta. Cada uno volvió a su camino llevando consigo lo que no sucedió. Con el tiempo, ambos abandonaron la ciudad; los encuentros se hicieron escasos y las conversaciones más breves, hasta convertirse en recuerdos esporádicos.

Pero muy de vez en cuando, él la recuerda y cierra los ojos, imaginando qué habría pasado si se hubiera atrevido a besarla en alguna de las tantas ocasiones en que lo pensó. Ella, en noches quietas, abraza la almohada recordando aquellos abrazos que la envolvían con su perfume.

No fue una historia inconclusa, sino una que eligió quedarse en el lugar exacto donde no duele… pero tampoco se olvida.


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