Tras el primer parpadeo largo, decidió que era momento de detenerse y descansar en cuanto viese el primer lugar propicio para hacerlo. Aunque había abandonado la autopista y ahora transitaba una sinuosa carretera rodeada de pinos, recordó un lugar al cual solía ir con sus padres durante las vacaciones veraniegas, cerca del pueblo donde estos crecieron. A pesar de que era tarde, el estacionamiento estaba lleno y una música alegre sonaba en el restaurante del hotel, de lo que parecía ser alguna boda, por lo que pensó que de pronto no habría vacantes. Aun así, estacionó y se dirigió a la recepción.
Afortunadamente, la fiesta era de algunos lugareños, según le respondió la recepcionista, por lo que había habitaciones disponibles —cabañas, para ser más precisos—. Para su alivio, también le informó que el restaurante abriría toda la noche, ya que era fin de semana y la carretera era bastante concurrida. Tomó la llave de la habitación y condujo algunos metros hasta ella. Dejó sus cosas en el auto mientras abría el lugar y echaba un vistazo, y pudo comprobar por qué había pagado un alto precio por la estadía: adentro, la cabaña lucía acogedora y espaciosa, con una sala coronada por una chimenea para las noches en las que el invierno arreciaba y, aparte, una habitación con una gran cama mullida. En el baño, una tina frente a un ventanal que, a pesar de lo oscura de la noche, brindaba una vista extraordinaria, desde la cual se podían ver a lo lejos las luces de la ciudad.
Descargó algunas cosas del auto, las dejó en la habitación y se dirigió al restaurante, ya que no había rastros del sueño que lo había obligado a parar, y sí un hambre atroz. Caminó bajo la fresca noche veraniega y, al entrar, comprobó que en efecto el lugar era concurrido. La fiesta sonaba exigua en un salón contiguo y, adentro, una amalgama de personas ocupaban las mesas: camioneros haciendo una pausa antes de seguir su trayecto, jóvenes ruidosos que, excitados, aún hablaban de alguna fiesta de la que acababan de salir, señores lugareños en su respectiva reunión de viernes por la noche, y así varios personajes más.
Como se encontraba solo, optó por sentarse en la barra y pidió una pinta de la cerveza oscura que había visto en alguna de las mesas, mientras ojeaba el menú. Pidió un emparedado y fijó los ojos en el noticiero deportivo del televisor que tenía enfrente, mientras tomaba la cerveza dulzona y fuerte que le acababan de traer.
De pronto, sintió que lo miraban. Sentada en una mesa frente a él, una mujer que por sus ropas venía de la boda del otro salón lo miraba fijamente. Al descubrirla, ella sonrió y, tras algunos segundos, bajó la vista hacia su teléfono sin borrar la sonrisa, mientras jugaba con un mechón de su cabello que había escapado del peinado elaborado que hacía juego con su vestido de fiesta. Desconcertado, regresó al televisor; sin embargo, cada cierto tiempo miraba hacia la mesa para ver a la extraña que le había llamado la atención, quien seguía revisando su celular mientras apuraba lo que parecía ser un Cosmopolitan.
Ordenó otra cerveza, que le trajeron junto a la comida, y mientras comía vio cómo un hombre se sentaba al lado de la chica, visiblemente extenuado del baile en la fiesta. Ella, con mirada fastidiada, se levantó dejando a su compañero con un rostro confundido. Pero confundido quedó él cuando vio que ella se dirigía hacia donde estaba y ocupaba el asiento a su lado, mientras ordenaba otro Cosmopolitan.
Intrigado, la miró directamente y sonrió y, antes de que un saludo cortés saliera de su boca, ella le preguntó con aplomo:
—¿No me recuerdas, cierto?
Detalló su rostro buscando algo que le indicara quién podía ser. Aunque su cabellera lucía algunas canas, parecía aún más joven, quizá iniciando la treintena. El mechón rizado que se escapaba de su peinado decía que su cabello castaño era abundante y ondulado, con una piel clara y ojos verdes muy propios de la gente de esos lugares. Y aunque esos ojos le resultaron vagamente familiares, no logró recordarla. Apenado, terminó su bocado, tomó un trago de cerveza y le dijo:
—Me temo que el cansancio y la cerveza han nublado mi memoria.
Ella, con rostro sereno, hizo un ademán de decepción. Recibió su bebida y, tras agitarla, lo miró a los ojos y respondió:
—Es de esperar. Yo tampoco te recuerdo, por lo tanto es probable que no nos conozcamos aún.
Ambos soltaron una carcajada y, brindando, se presentaron. Ella le comentó que en efecto era hermana de la novia de la boda del salón contiguo y que, aunque ella y su familia eran del lugar, vivía a un par de horas de allí, donde trabajaba como guionista de una importante cadena de televisión. Él, por su parte, también era alguien de letras, pero en su caso era editor de una casa editorial desde hacía ya algunos años; vivía un poco más lejos y ahora se dirigía hacia las montañas a pasar el fin de semana largo en casa de unos amigos.
Recordó el episodio que sucedió antes de que ella se sentara a su lado y miró hacia la mesa que antes ocupaba, donde el otro invitado los miraba contrariado. Al notarlo, ella comentó:
—El problema de regresar a tu hogar es que existe la posibilidad de encontrarte con parte de lo que te hizo abandonarlo en una primera instancia.
Curioso, quiso saber a qué se refería; sin embargo, el tiempo le había enseñado a no preguntar cuando alguien más quería que lo hiciera. Si alguien quería decir algo, era mejor que lo hiciera con claridad; lo demás eran juegos de chiquillos. Pero, siguiendo su curiosidad, preguntó:
—¿Por qué me mirabas?
Hace algunos años, la pregunta le habría parecido impensable. De seguro eso habría espantado a su compañera, pero estaba demasiado cansado para seguir el juego, por muy bella que ella fuese, porque en efecto lo era. Su pregunta fue sincera, y así debió sonar, porque ella, lejos de ofenderse o sentirse atacada, le dijo con tono amable:
—Mira a tu alrededor. No es que tuviese muchas opciones.
Sonrió aceptando con gallardía la dura respuesta a su dura pregunta, un empate técnico. En el salón de al lado, la fiesta parecía recobrar fuerzas y la banda empezó a tocar un popurrí de clásicos que hizo estallar de júbilo a los invitados, incluso al joven rechazado, que volvió al salón dando unos pasitos de baile. Pero ella seguía allí, moviendo su trago, ahora un poco más taciturna.
—¿Por qué no estás allí? —le preguntó.
—Haces muchas preguntas para ser un desconocido.
—No soy yo, es la cerveza.
—Querrás decir las cervezas.
—Desde la primera me siento impertinente.
—¿Y por qué pides otra entonces?
—No dije que me sintiera mal. Además, necesitaba una excusa para quedarme a hacer más preguntas impertinentes.
—En ese caso, pediré otro de estos para mí.
Pidió otra copa, tomó un trago y se volteó hacia él con mirada inquisidora.
—¿Sabes bailar?
—¿Yo? No.
—¿Y las cervezas?
Sin dejarle responder, lo tomó de la mano y lo arrastró a la fiesta. Él llevaba unos pantalones caquis y zapatillas de senderismo, y una sudadera que alguna vez fue negra, lo cual contrastaba con la vestimenta del evento. Aunque no parecía que su vestimenta fuese la razón por la cual había atraído tantas miradas, sino su presencia y a quién acompañaba.
Al llegar, sonaba una pieza alegre que tenía a todos bailando en la pista, pero tras dos o tres canciones más el ritmo de la música bajó y quedaron de pie los recién casados, dos parejas más y ellos. Ella guindó los brazos sobre su cuello y él, instintivamente, rodeó su cintura con los suyos, atrayéndola hacia él, y se quedaron allí juntos ante la mirada curiosa de algunos. Ella apoyó la cabeza sobre su pecho y permanecieron así durante una canción que pareció eterna.
Al detenerse la música se separaron como si hubiesen despertado de un sueño profundo. Alrededor, los invitados empezaban a abandonar la fiesta, por lo que algunas personas se acercaron a despedirse de ella. De pronto, la novia tomó a su hermana del brazo y se la llevó, disculpándose con él, quien solo alcanzó a sonreír.
Confundido, aún en medio de la pista, decidió regresar al único lugar que conocía. Hizo señas a su compañera de baile y se dirigió a la barra del restaurante a esperar, aunque no estaba seguro de qué estaba esperando.
Se entretuvo viendo el desfile de personas que iban saliendo, sin apenas pensar en lo que había sucedido desde que había llegado a ese lugar. Sus hombros empezaron a sentir el cansancio y sus ojos a hacerse pesados. Pidió un vaso de agua y la cuenta y, mientras la esperaba, sintió que alguien se sentaba a su lado.
—¿Por qué me miras? —dijo ella sin separar los ojos de la pantalla.
—Mira a tu alrededor. No es que tenga muchas opciones.
Ambos soltaron una carcajada y logró que ella lo mirara. Se habían dicho pocas cosas, pero al ver sus ojos verdes sintió que quería saber mucho más de ella. Y, de pronto, todo cobró claridad.
—¿Aún juegas ajedrez?
—Pensé que no lo recordarías.
—El primer beso no se olvida.
A su mente vino una tarde en una biblioteca, hacía más de veinte años, frente a un tablero de ajedrez. Su contrincante tenía los ojos más verdes que alguna vez había visto y, en un arranque de audacia, él le apostó un beso, el cual ganó con una facilidad sospechosa. Ella tendría un par de años más que él y, aunque la había visto en anteriores visitas, era la primera vez que le hablaba. No sabía siquiera su nombre, hasta esa noche.
Ella terminó su café, tomó su pequeña cartera y se levantó. Él hizo lo propio y la acompañó hasta su auto. Caminaron sin decirse nada, sin más sonido que el del viento golpeando la arboleda que los rodeaba y los tacones golpeando el pavimento. Su auto apareció demasiado pronto.
—Es un poco tarde para manejar —le dijo él, esperando su reacción.
—Estamos cerca de donde me estoy quedando.
—No más cerca que yo.
Ella sonrió, agitando la cabeza, sacudiendo lo que acababa de insinuarle. Él abrió la puerta de su auto en un gesto de caballerosidad a la antigua y ella, antes de entrar, se acercó a su rostro y lo besó con ternura. Fue como si hubiesen saldado esa cuenta de una primera cita que nunca se dio.
Al separarse se miraron, y él detalló por última vez su rostro. Ella tomó con dulzura el rostro de él y, con una picardía que no pudieron ocultar esos ojos verdes, le dijo:
—Nos vemos de nuevo dentro de veinte años
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