Trató de conciliar el sueño, pero le resultó imposible. Lo que acababa de suceder entre ellos lo sobrepasaba: esa mezcla de felicidad por un encuentro tan anhelado y el sosiego tras la larga espera lo habían dejado en un estado casi desconocido para él, algo que no sentía desde hacía mucho tiempo. Además, no podía dejar de mirar la silueta que yacía a su lado, inmersa en un sueño envidiable, iluminada por el tenue resplandor de la luna que se colaba por el ventanal.
Se dedicó entonces a recorrer con la mirada su cuerpo mientras jugaba, muy sutilmente, con su cabellera. Se detuvo en sus labios, aquellos a los que siempre había dedicado miradas furtivas y que ahora podía observar sin prisa, como si el tiempo le perteneciera. Y se dio cuenta de que, aunque tenía ante sí un cuerpo desnudo entero para explorar con los ojos, no podía apartar la vista de ese rostro que había anhelado durante tanto tiempo y que ahora era suyo, porque se habían entregado el uno al otro y ya no se pertenecían a sí mismos.
Miró el reloj y comprobó que la noche aún era joven. Afuera, el mar los arrullaba con el rumor constante de las olas, pero aun así no lograba dormir, por lo que pensó que quizá una ducha ayudaría. Con sigilo, besó la frente de su amada y, bajo la regadera, dejó que el agua caliente hiciera su magia mientras evocaba lo sucedido unas horas antes: desde el baile en el que sus miradas se encontraron para no volver a separarse, hasta el momento en que alcanzaron el éxtasis entre sonrisas y besos.
Absorto en esos recuerdos, mientras el agua golpeaba su espalda, sintió unos brazos rodeándolo desde atrás. Aunque deseaba girarse para besarla, decidió permanecer allí, atrapado entre ese abrazo que ya no sostenía solo su cuerpo, sino también un alma que pedía a gritos no ser dejada caer. Se lamentó por haberla despertado, pero se alegró de haberlo hecho, porque ahora podía verla sonreír: esa sonrisa que, esbozada en medio de una canción, lo había atrapado para no soltarlo jamás.
Regresaron a la cama y, abrazados, dejaron que el calor de sus cuerpos los adormeciera, hasta que la mañana los sorprendió entrelazados. Poco se habían dicho desde que decidieron entregarse, pues sus labios se habían ocupado de besos interminables, pero ambos sabían que lo ocurrido era lo correcto y que sería el inicio de algo grandioso.
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