Mientras terminaba de aprontar todo para el viaje que emprendería al día siguiente, recordó que en pocos minutos debía encontrarse con su buen amigo, quien le había prometido llevarlo a un puesto de comida callejera que, pese a operar al borde de la legalidad sanitaria, preparaba los mejores platillos de la ciudad —si es que podía llamarse platillo a algo servido entre servilletas que apenas lograban contener ese amasijo de ingredientes. Apuró el cierre de la maleta con ropa para un par de semanas y tomó el tren hacia el lugar donde su amigo ya lo esperaba.
Al llegar, vio que este estaba acompañado de alguien que no había visto antes, aunque sí había oído hablar de ella: una compañera que acababa de llegar a la ciudad, siguiendo el mismo camino que ellos habían emprendido años atrás. Tras los saludos y presentaciones, cada uno pidió algo distinto y, en medio de la suculenta comida —que, en su contexto, era en efecto una delicia—, la conversación derivó hacia las razones que los habían llevado a mudarse a la capital: la promesa de un futuro mejor, el asombro ante la diversidad, la cultura y la vida que brillaban frente a sus ojos aún jóvenes.
De pronto, una llamada inesperada obligó al amigo a excusarse por causas mayores. Así, los recién conocidos quedaron solos, aunque no se sintieron extraños. Se habían escuchado tanto el uno del otro que la conversación continuó con naturalidad, revelando una afinidad espontánea, cargada de intereses comunes.
Como la noche avanzaba, aunque el aire seguía siendo fresco, caminaron juntos hasta su edificio. La ciudad, lejos de adormecerse, se llenaba de luces y sonidos, de personajes curiosos y de aromas que emanaban de todo tipo de lugares, haciendo del paseo en sí mismo el motivo de una conversación que los colmó de una alegría exultante. Se despidieron allí, intercambiando números y prometiéndose repetir el recorrido cuando él regresara de su viaje.
Durante las semanas siguientes, mientras caminaba por las calles de otro país, él recordó ese encuentro con una frecuencia que lo sorprendía, sonriendo ante la memoria de aquel paseo. Hacía tiempo que no encontraba a alguien con quien se sintiera así, y lo súbito de la conexión lo tomó desprevenido. Los días previos al regreso se le hicieron largos, y se aseguró de que el segundo encuentro ocurriera lo antes posible. Ella aceptó encantada.
Ya de vuelta, una obra de teatro fue el plan para ese reencuentro. Estuvieron acompañados por su amigo y por aquella causa mayor que lo había obligado a marcharse aquella noche: una linda chica que, con el tiempo, se convertiría en su esposa. A la velada se sumó un invitado inesperado: sentado junto a ella estaba su novio, una relación que había comenzado apenas unos días antes. No era algo que él hubiera contemplado, pero la noche transcurrió con tal ligereza que resultó casi tan memorable como la anterior. Casi.
Desde entonces, esa afinidad no dejó de crecer. Los encuentros se volvieron más frecuentes, las conversaciones se extendieron y pasaron de ser conocidos a confidentes, construyendo un vínculo fuerte y duradero, pero, sobre todo, natural. Todo entre ellos fluía sin esfuerzo; el cariño y el respeto colmaban el espacio compartido. Así pasaron los años.
Y aún hoy, cuando ambos tienen sus vidas formadas y sus caminos bien encaminados, él no puede evitar que, muy de vez en cuando, ese recuerdo vuelva a asomarse, sin forma precisa, como algo que nunca terminó del todo de irse
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