Con la valentía de un ejército que de pié y altivo se enfrenta a la ineludible derrota la aparté suavemente y regresé a mi cama, no sin antes hundirme en sus cabellos para llenarme de su esencia. Acostado, di mi espalda a la puerta por la que saldría por vez última; la simple idea hacía añicos mis entrañas. Empecé a recordar todas las veces que la vi partir, o las otras tantas que abandoné la habitación dejándola inmersa en un plácido sueño, y justo cuando venía a mi mente las inolvidables mañanas que nos alcanzaban entrelazados, con el sol acariciando nuestros cuerpos y nuestros alientos convergiendo pasivos, sentí de nuevo su presencia a mi lado aferrada a mi maltrecha espalda. Volteé mi cuerpo para descubrir su sollozante rostro; acto seguido tomó mi mano y la llevó a su pecho que entregaba una dulce percusión que fue cediendo lentamente ante su somnolienta condición.
Aunque faltaban par de horas para el amanecer el sueño se alejó de mi rostro y dediqué cada segundo en detallar su rostro en la penumbra de esa noche de luna llena, hasta que una claridad bañó las paredes del cuarto y entregó a mi vista cada pincelada de su silueta envuelta en sus ropas de viaje, y con esos rayos la claridad también embargó mi espíritu. Sonriente, besé su frente y me rendí a un profundo sueño en el que la eternidad nos alcanzaba justo así, inertes y completos, tranquilos y felices; afuera el invierno azotaba los arboles que luchaban de pie a sabiendas que la primavera les retornaría la majestuosidad y la belleza, y que pronto bajo sus ramas los amantes escaparían del ardiente verano.
Al despertar un esperado vacío ocupaba su lugar. La habitación aún conservaba su aroma y los objetos recobraban sus formas en la avanzada mañana. Aunque el dolor había desaparecido, mi cuerpo resentía los pesares de mi alma que taciturna asimilaba su partida; un letargo plagado de insensibilidad era la respuesta a tan intensa jornada. Recobré mis fuerzas a punta de recuerdos, y me llené de anhelos para obligarme a salir de la habitación. Vagas sonrisas plagaron mi rostro al recordar sus maneras, y cientos de suspiros escaparon ante el recuerdo de sus formas y fue entonces cuando…
…la hermana del omnipresente escritor de este relato llegó a casa, y le ofreció a este una suculenta "Reina Pepiada" la cual devoró a pesar de su llenura. Al regresar frente a su pantalla, este cambió la inspiración por el sueño, quedando en deuda con el escrito y sus posibles lectores.